La ingente obra humana del inolvidable doctor José Molina Orosa

No sabemos qué pensaría el doctor José Molina Orosa (Arrecife, 1883-1966) acerca del halo de incertidumbre que envuelve estos días al Hospital Insular, construido por el Cabildo de Lanzarote e inaugurado en 1950. La consejera de Sanidad del Gobierno de Canarias anunció recientemente en el Parlamento canario que iba a cerrar el Hospital Geriátrico Insular y trasladar a sus pacientes y trabajadores porque este edificio está «obsoleto y dañado en sus pilares».
El futuro del Hospital Insular, tal y como lo conocemos,se ve comprometido coincidiendo con su 75 aniversario de inauguración. Es una triste coincidencia. El gran impulsor de esta infraestructura sanitaria fue José Molina Orosa, cuyo nacimiento se cumplió el pasado día 18 de diciembre. La obra más relevante del doctor Molina Orosa fue este modélico Hospital Geriátrico y Residencia de Ancianos, un orgullo para la salud pública insular que estuvo gestionado durante décadas por el Cabildo. En 2017 fue adscrito al Servicio Canario de Salud.
Fue despedido con el afecto unánime de la isla
José Molina dedicó más de la mitad de su vida a hacer realidad el Hospital Insular. Empezó con ese afán en 1910 y, tras muchos esfuerzos, el hospital abrió sus puertas en 1950. Sin embargo, alejado de toda vanidad, no acudió a la inauguración. No, nunca sabremos qué pensaría este Hijo Predilecto de Lanzarote del rumbo que está tomando este centro sanitario, que ocupa un lugar destacado en la memoria colectiva de los habitantes de la isla.
De lo que no cabe duda es que el fundador del Hospital Insular dedicó toda su vida a curar, por lo que al fallecer fue despedido con el afecto unánime de la isla entera. Hijo Predilecto de Lanzarote, todavía resuena su gran humanidad a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte. Misionero de la medicina y la salud, fue reconocido por sus buenas obras, que prodigó con generosidad. Se le recuerda en una escultura realizada por el escultor Pancho Lasso, ubicada en la calle Fajardo esquina con Manolo Millares, en el Hospital General que lleva su nombre, y en su obra más conocida: el citado Hospital Insular.
Prefirió la pobre e insalubre Lanzarote
Al concluir sus estudios de medicina a principios del siglo XX, José Molina Orosa regresó a su tierra natal. Se encontró con una isla hostigada por las enfermedades infecciosas, con una estructura sanitaria muy deficiente y sin médicos, un caldo de cultivo perfecto para curanderos y milagreros. Los callejones de Arrecife eran retretes públicos, los alrededores de El Charco eran un sumidero y la misma lámina de agua una cloaca. Pudo elegir otro destino profesional, pero prefirió la pobre e insalubre Lanzarote.
Fue un hombre irrepetible que optó por brindar su ayuda incondicional a quien lo necesitara sin tener en cuenta los honorarios profesionales durante toda su vida. Habría que acudir al juramento hipocrático clásico en busca de una respuesta, aquel que los médicos prestan al graduarse y que contiene un elevado contenido ético que orienta al galeno en la práctica de su oficio: «Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia», «En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos», «Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza»...
El Hospital Insular se debe a la tenacidad de Molina Orosa
Señora de los Dolores, donde trabaja como médico honorífico. Desde el primer momento, no escatimó esfuerzos para conseguir que la isla contara con unas instalaciones sanitarias dignas. Tras una larga espera, la construcción del Hospital Insular se debe a la tenacidad de Molina Orosa. El primer proyecto del edificio data de 1944 y su apertura supuso un enorme impulso para la situación médica y sanitaria de Lanzarote, que hasta entonces era muy mala.
La nueva infraestructura sanitaria se alza sobre una parcela de 12.500 metros cuadrados ubicada entonces en las afueras del núcleo urbano. Su arquitectura responde al llamado Mando Económico, característico de los primeros años de autarquía de la dictadura franquista. Su acceso principal está porticado y de él parte una balaustrada que recorre la fachada principal. Sin embargo, el insigne médico acabaría dando su nombre al Hospital General de Lanzarote de una forma justa y merecida.
«Lanzarote a don José Molina Orosa. 1883-1966»
No obstante, hay otros dos elementos con los que se recuerda al doctor José Molina. En 1958, la Unidad de Larga Estancia del hospital toma su nombre y, pocos meses después de su muerte, se inaugura un monumento en la plaza de entrada con la leyenda: «Lanzarote a don José Molina Orosa. 1883-1966». La pieza lleva la firma de César Manrique y la plaza fue diseñada por Luis Morales Padrón, el encargado general del Cabildo en aquella época. Por cierto, el estado de este espacio es bochornoso. Fue el primer director de la Escuela de Arte Pancho Lasso (1913) y la Sociedad Democracia perpetúa la memoria de quien fuera uno de sus presidentes (1914), dos instituciones con clara raíz masónica.
La Fundación César Manrique publicó José Molina Orosa. Luz en tiniebla, del periodista Gregorio Cabrera, dentro de la colección Islas de memoria. En la presentación del libro, en 2009, el autor señaló que Molina Orosa fue la luz en la tiniebla del Lanzarote de la primera mitad del siglo XX: «Un lugar terrorífico con una mortalidad africana que sonaba a tos, a llanto y a entierritos».
Logró cambiar hasta los sonidos de Arrecife
Esta era la situación que se encontró. «Nadie que tocó a su puerta se quedó sin ser atendido», dijo Cabrera. El doctor logró cambiar la oscuridad y hasta los sonidos de Arrecife, ya que llevó «una melodía de esperanza» a los pobres, metáfora que se ve reforzada por el ruido de su bastón —con tres años sufrió polio—, sus pasos en la escalera para abrir la puerta a los enfermos o el runrún del motor de su fotingo cuando acudía a una consulta, según su biógrafo.
Estuvo a punto de ser el primer presidente del Cabildo en 1913, pero perdió por un solo voto. Como médico, «no solo destacó por su humanidad, por tratar a todos los pacientes como seres humanos», sino también por su ojo clínico, en una época y lugar donde era muy difícil acceder a pruebas diagnósticas. También cultivó la poesía. A pesar del tiempo transcurrido, el eco de la ingente obra del inolvidable José Molina Orosa aún resuena por todos los rincones de Lanzarote.