Mario Alberto Perdomo
Casa Amarilla

Manuel Díaz Rijo, crónica del agua desalada en Lanzarote

Mario Alberto Perdomo 9/8/2018
“Un hombre con una idea nueva
es un loco hasta que la idea triunfa”
 
Entre la población de mayor edad de Lanzarote perdura aún una notable cultura de ahorro del agua, fraguada en los años de escasez. Nunca veremos correr el agua de un grifo sin ton ni son cerca de estas personas porque, en un acto reflejo, acudirán a cerrarlo con presteza. Los más jóvenes, sin embargo, han crecido viendo brotar el agua de un grifo y, aunque saben que no sobra, jamás les ha faltado. Pero no siempre fue así.
 
(…) a pesar de la inmensa cantidad de agua existente en el planeta, jamás se ha tratado en Lanzarote de un recurso accesible, renovable o barato. La precipitación de agua de lluvia en la isla no supera los 140 milímetros al año, lo cual supone una cantidad ínfima. Además, la mayor parte del agua caída se evapora, por lo que sólo una pequeña parte se aprovecha, tanto en superficie como infiltrada (…) De ahí que, en el pasado, los períodos de sequía se saldaran con hambrunas y emigración y que, en tono burlesco, alguien llegara a plantear el desplazamiento de toda la población a Gran Canaria, ya que sería más barato mantenerla allá en lugar de que siguiera viviendo en Lanzarote. El propio Manuel Díaz Rijo retrató la cultura del ahorro del agua –cultura de la escasez– citando el ejemplo de un señor que no tenía agua, aunque sí un gran sentido de la limpieza, por lo que se levantaba de madrugada a lavarse con el agua de la pila del camello.
 
(…) Aunque ya había venía reflexionando sobre ello desde 1957 y tenía una idea clara de cuál podría ser la solución, Manuel Díaz Rijo decide en 1960 buscar una salida al suministro de agua potable mediante la instalación de una planta de potabilización de agua de mar. Nacido en Lanzarote (La Vegueta, 20 de septiembre de 1927 – Madrid, 14 de junio de 2016), este ingeniero naval trabajó en el Canal de Experiencias Hidrodinámicas de El Pardo, único centro de investigación naval que existía en España, entre 1954 y 1959. Creado en 1928 por la Armada Española, en la actualidad se trata de un organismo autónomo del Estado reconocido internacionalmente en hidrodinámica que realiza trabajos de proyección, experimentación e investigación, adscrito al Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial del Ministerio de Defensa.
 
Profesor en la Escuela de Ingenieros Navales de Madrid
Su estancia en este centro le permitió adquirir una visión innovadora respecto a los avances de la ingeniería en el ámbito de la hidrodinámica, una rama de la física que estudia el movimiento de los fluidos. Su sólida formación queda acreditada, asimismo, por el hecho de que, durante diecinueve años, Manuel Díaz Rijo desarrolló una intensa actividad docente, la cual constituía su verdadera vocación. De esas casi dos décadas, invirtió seis años en una academia preparatoria para la carrera de Ingeniería Naval y trece como profesor en la Escuela de Ingenieros Navales de Madrid, impartiendo las asignaturas de Física Teórica, Teoría del Buque y Mecánica de los Fluidos. Fue director de los laboratorios y talleres de dicho centro durante otros cinco años, entre 1959 y 1964.
 
Lanzarote se despereza en la década de los sesenta del siglo XX y algunos de sus talentos se ponen en marcha al servicio de la isla. Mientras unos ocupan puestos de responsabilidad política modernizando el gobierno insular y aprovisionando las infraestructuras necesarias para el desarrollo, como José Ramírez, otros ponen el énfasis en el paisaje, el arte y la naturaleza con el noble fin de poner en valor las bellezas de la isla, como es el caso singular de César Manrique. Por su parte, Manuel Díaz Rijo subraya la importancia del conocimiento científico para resolver un problema hasta entonces irresoluble: satisfacer las necesidades de agua potable de la población y de los turistas que comenzaban a llegar. 
 
Manuel vivió en Lanzarote hasta los 11 años de edad, ya que al finalizar el curso 1938-39 cerraría temporalmente el instituto de la isla, por lo que su familia se traslada a la Península. Allí cursa estudios de bachillerato y obtiene el título de ingeniero naval en 1954. La única tradición naval presente en su casa procedía de su abuelo, que había sido marino mercante. Se dedicó a la docencia y se doctoró en 1961, pero mantuvo los lazos con su tierra natal mediante sus cortas vacaciones estivales y a través de la relación que cultivaba con los pocos estudiantes que entonces se desplazaban a Madrid para cursar carreras universitarias. Conocía el alcance y el sentido de la falta de agua y estaba al tanto de las iniciativas que se acometían en la isla para garantizar el abastecimiento de la misma.
 
Lanzarote, “una especie de buque anclado en el Atlántico”
Lanzarote cambió para siempre gracias a Manuel Díaz Rijo, un ingeniero naval atípico que, en lugar de optar por buscar trabajo en unos astilleros, se inclinó por la docencia y la investigación, aplicando sus conocimientos en una balsa de piedra situada en el Océano Atlántico llamada Lanzarote. “Se me ocurrió pensar que Lanzarote era una especie de buque anclado en el Atlántico y que podría aplicársele las mismas soluciones que ya experimentaban en otros lugares para desalar agua”, dijo en septiembre de 2011 en Mancha Blanca, al leer el pregón de las fiestas de Los Dolores. 
 
Su idea, en síntesis, consistía en instalar en tierra una potabilizadora basada en los métodos que se aplicaban en ese momento en algunos grandes buques, los cuales desalaban su propia agua mientras navegaban. Los grandes barcos de pasaje y de guerra ya no transportaban agua dulce en tanques, sino que la iban fabricando a medida que navegaban por medio de unas simples instalaciones que desalinizaban el agua del mar. La idea le inspiró para crear la primera desaladora para consumo doméstico instalada en tierra en Europa, aunque su familia asegura que, en un primer momento, llegó a barajar la posibilidad de atracar en la isla un barco con este equipamiento para producir agua como si estuviese en alta mar, desechándola casi de inmediato por su alto coste. “El tema me pareció interesante para Lanzarote siempre que, desarrollando un procedimiento más complejo, se pudiera llegar a una solución cuyo coste de producción fuera adecuado”, afirmó el pregonero.
 
Estudiando con detenimiento la historia de la isla, difícilmente encontraremos a alguien que se ajuste mejor al término moderno de emprendedor que Manuel Díaz Rijo, aunque nunca fue ni se consideró un empresario en el sentido convencional del término sino, más bien, un ingeniero con alma de científico que trató de llevar a la práctica, siempre en nombre del bien común, sus valiosos conocimientos.
La solución estaba en los Estados Unidos
Manuel Díaz Rijo sabía lo que se traía entre manos cuando se propuso resolver el problema del abastecimiento de agua potable mediante la potabilización de agua de mar. Mientras prosigue su labor docente, redacta un anteproyecto adecuado a las necesidades de la isla y trata de acceder a la financiación pública, sin conseguirlo. Lejos de desalentarse, trata de conseguir los fondos a través de la iniciativa privada y constituye la empresa Termoeléctrica de Lanzarote, SA, también conocida como Termolansa. 
 
En aquel momento, dirige su mirada hacia los Estados Unidos de América, donde ya operaban plantas de desalación de agua de mar, y contacta con las firmas Westinghouse Electric Co. y Burns and Roe, Inc., las cuales desarrollaban una planta experimental en San Diego, California. En ella se inspiró al considerarla el mejor modelo para la redacción del proyecto definitivo. Después de cinco años de trabajos preparatorios, la planta potabilizadora se instaló y empezó a suministrar agua y electricidad en la primavera de 1965.

1 Comentarios

Hay un antes y un después en Lanzarote con la figura de Manuel Díaz Rojo. Aún no suficientemente valorada

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