JM Quintero

Los intocables del Plan General

8/2/2018
La entrega del documento de Aprobación Inicial del Plan General de Ordenación de Arrecife, redactado por Gesplan por encargo del Gobierno de Canarias, nos ha puesto en contacto con los intocables. No se trata precisamente de los pobres entre los pobres en la India, millones de personas consideradas impuras, pertenecientes a la más baja categoría social y cuyo contacto procuran evitar las demás. No. Por intocables debe entenderse los que no pueden ser tocados, y no en el sentido físico del término, precisamente. A los ojos de los demás y de los suyos, personifican el poder. Son el poder. Y, por eso, porque son poder y porque mantienen estrechas relaciones entre sí, son vistos como una intrincada e inexpugnable malla: no hay quien pueda con ninguno de ellos, se ayudan entre sí y salen siempre victoriosos en cualquier empresa que emprendan. En esta ocasión, se han visto extremadamente favorecidos por el Plan General de Arrecife redactado en las mesas camilla de las catacumbas grancanarias.
 
 
Cuando las cosas se hablan dejan de infundir temor y se tornan comprensibles
Su mera existencia y el aura de poder que les rodea disuaden a quienes pretendan cuestionar su estatus o sus actividades. Con el paso del tiempo y paciente mano, van tejiendo a su alrededor sofisticados avalorios para aparentar que son más intocables aún y, a poco que te descuides, acaban sintiéndose los legítimos dueños de las instituciones públicas, además de los depositarios únicos del viejo arte de encontrar con discreción soluciones a enredos inimaginables. Se sitúan, entonces, en un lugar tan alto y creen estar en un sitial tan privilegiado, que acaban mirándolo todo de arriba abajo y con indisimulado desdén. Con el paso del tiempo, el entramado alcanza unas proporciones tales que los demás llegan a creer que los intocables siempre estuvieron allí, que forman parte de la estructura social misma. Y comienzan entonces a actuar con insultante naturalidad y mayor desparpajo. Acaban creyéndose no ya intocables, sino infalibles, inmortales y hasta innombrables. Hasta que un día, quizá por ingenuo desconocimiento, los intocables comienzan a ser nombrados. Cuando las cosas se hablan dejan de infundir temor y se tornan comprensibles. Y todo se les desmorona.

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