20 años aquí

Alex Salebe
20/9/2021

Para quienes tienen más tiempo de vivir fuera de su tierra serán pocos y para quienes acaban de emigrar pudieran ser muchos, para mí que acabo de cumplir este 17 de septiembre dos décadas en Lanzarote, siempre en la localidad de Playa Blanca, en el bello municipio de Yaiza, el tiempo se me ha pasado volando.

Seguramente porque la familia y yo estamos muy a gusto e integrados en la Isla y porque el trabajo, las prisas de la vida y el ritmo que nos impone la supervivencia es sinónimo de aceleración del tiempo. Cuánto no teníamos que esperar de niños para que llegaran las fiestas de Navidad y Reyes, mientras que ahora no hemos terminado de pagar los regalos de un año y ya tenemos encima una  nueva temporada de fin de año.

La salida extremadamente obligada de un país debe ser muy dolorosa, y digo extremadamente cuando hay desplazamientos por conflictos armados, guerras, persecución política, amenazas o por física hambre o falta de otras necesidades básicas como techo, salud y educación. 

En estos casos debe ser infame desprenderse a toda prisa de todo, para empezar, de la familia, y más si escasean los recursos. Es largarse sin fecha o esperanza de retorno, que es mucho peor. Creo que por muchas imágenes que veamos sobre tragedias relacionadas con la inmigración nunca podremos alcanzar a imaginar en toda su dimensión lo  terrible que debe ser huir preso de la rabia, el hambre o el terror, por eso quizá nos cuesta más entender la angustia y tristeza del extranjero, nos cuesta captar en su esencia lo que realmente siente o piensa.

La búsqueda de nuevas oportunidades de trabajo o nuevos retos personales y profesionales también suelen ser motivos legítimos de explorar territorios desconocidos o poco conocidos, nada comparable con causas de salidas extremadamente obligadas.

A pesar de haber dejado físicamente mi Barranquilla natal, y mi familia y mis amigos, cuando me detengo a ver con detenimiento la situación de millares de personas por el mundo y los motivos de su fuga desesperada sin saber a veces ni siquiera su destino final, pues me pongo la insignia de afortunado, entre otras cosas, porque mis padres sí que pudieron ofrecernos bienestar, incluido el bien más preciado y tan despreciado por muchos, la educación, en el hogar, en el colegio y en la universidad.

Aunque Colombia desde hace 50 años viene arrastrando una degradación política insostenible, y con ella el galopante empeoramiento de su bienestar social, la desesperanza y el cabreo generalizado de la población, claro que me dolió dejar mi gente, por supuesto que me sigue haciendo falta percibir el olor de la guayaba, como el título de García Márquez; me sigue haciendo falta estar metido en el ajo del vacile del Caribe colombiano o impregnarme de la bacanería de su gente buena, noble y solidaria, pero mi familia y yo rehuimos de quedarnos en el lamento y apostamos por la integración. Mi mujer y yo nos sentimos dos yaiceros más, y nuestro hijo lo es por derecho propio porque nació aquí, se siente de aquí, aunque tiene muy presente sus raíces y la cultura  que las enriquece.

Es cierto que las comunicaciones han avanzado tanto que pasamos en poco menos de 20 años de llamar desde el teléfono fijo de casa calculando los minutos por los precios desorbitados de las tarifas a hablar o realizar videollamadas sin límites por whatsapp, sin embargo la interacción personal no la suplirá tecnología alguna. Los que han experimentado la alegría de un reencuentro o la tristeza de una despedida saben que es así.

El disfrutar a tope de una nueva cultura, el haber sido acogidos de forma exquisita y el seguir arropados por gente hospitalaria y grandísimos amigos que no me atrevo a mencionar, ellos y ellas saben quiénes son, nos hacen sentir como en casa.  Gracias Yaiza, gracias Lanzarote, aquí seguimos.

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