Tanausú Lemes

Árboles y políticos

5/12/2017
Como la de los árboles en la ciudad, ninguna otra sombra es tan gratificante. Pero, aunque son reclamados, árboles y sombras, no hay forma de que Arrecife se pueble de imágenes oscuras sobre parques, calles y aceras. Hay personas con capacidad de decisión que consideran que los árboles no pegan ni en la ciudad ni en la isla, que resulta mejor el paisaje árido y desolado. Cuando no, se piensa que son costosos de mantener porque hay que darles forma y podarlos, que consumen mucha agua desconsiderando que las aguas depuradas obran maravillas o que son sucios, olvidando que hay árboles de hoja perenne y que el otoño es una linda estación precisamente porque caen las hojas de los árboles.
 
Un segundo escalón de personas con decisión en estas materias sencillamente no residen en la ciudad. Ni la viven. Pero poseen o añoran casas terreras en el campo con amplias parcelas para los árboles y, a la vez, aspiran a ser alcaldes del puerto. Curioso: lo que quieren para sí no lo quieren para el espacio público. En ese mismo escalón se encuentran otras personas que se niegan a salir de la palmera, reduciéndose ahí su cultura arbórea. Por último, se encuentran quienes, sin entender de árboles y sin tener la más mínima intención de formarse en este terreno, deciden qué especie se planta aquí o allá, siendo raro que acierten. Fuera de catálogo hay un par de elementos que, encontrándose mal consigo mismos, culpan al mundo de su malestar, incluso a los árboles por impedir que la luz los traspase y proyectar sombras sobre el asfalto, sobre todo a medio día en pleno agosto.
   
Llegará un día, más bien lejano, en el que a alguien con capacidad de decisión le dé por transformar radicalmente la ciudad con imaginación, poco dinero y sin fastidiar a nadie. Se dedicará a abrir agujeros, canalizar aguas depuradas y plantar árboles en calles, aceras, parques y allá donde haya un espacio vacío. Al cabo de 10 ó 15 años, no habrá quien reconozca la ciudad. Sin grandes alardes, habrá refrescado Arrecife, habrá disimulado su mala arquitectura tras verdes pantallas y la habrá llenado de sombras. Habrá cambiado la fisonomía de la ciudad y no digo que el carácter de sus habitantes, pero casi. Y, seguramente, de las ramas brotará la clase política que la ciudad anhela, en lugar de este batallón de torpes que pugna entre sí por ver quién lo hace peor.

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